[dropcap]U[/dropcap]n día conocí un informático. ¿O él me conoció a mí? Es un tanto difícil definirlo por las particularidades de la situación: el día que yo lo conocí, me di cuenta que él ya sabía mi nombre, fecha de nacimiento, estado civil, grado de instrucción, dirección, correo electrónico, número telefónico, número de celular, nombres de mis familiares y el apodo de mi gato desaparecido hace 8 años.

La gran cantidad de datos que esta persona había recolectado sobre mí me pareció escalofriante, sólo con el tiempo pude entender que ciertas personas poseen una tendencia natural a la investigación, y en algunos casos a la vulneración de accesos a información restringida.

Sin embargo, a la fecha, me sigue dando miedo.

¿Cómo obtuvo la información? Pues basta con datos personales en una base de datos y una persona lo suficientemente hábil para vulnerar ciertos controles o contar con accesos a información, uno sabe que la tecnología puede ser una maravillosa herramienta para estos fines. A pesar de mis deducciones iniciales, supe después que él decidió ir por el camino más fácil: preguntarle todo a mi mejor amiga.

A pesar de ello, en situaciones normales, sabemos que lo que se requiere para una búsqueda de información es lo mencionado anteriormente: base de datos y una persona o grupo de personas dispuestas a indagar diligentemente la información contenida en dicha base de datos. Al respecto, cabe resaltar que en general quienes brindan la información (personal o no) somos nosotros mismos a través de entradas a redes sociales, blogs, o incluso mientras enviamos mensajes, en cierta medida, abusamos de la difusión de nuestra información privada.

Por otro lado, también cabe aclarar que a pesar de que cada uno pueda o no publicar hasta el más mínimo detalle de su vida, esto no debería significar que personas u organizaciones  no autorizadas tengan acceso a dicha información. En este punto, el rol de los Gobiernos y de la sociedad es fundamental: La privacidad no es una concesión, es un derecho.

Lastimosamente, este derecho se ha convertido en una herramienta política (como todo), pues quien tiene mayor información, posee mayor poder, y la política no es más que el arte de manejar el poder. Al respecto, no debemos permitir que los derechos adopten las características de un simple bien de intercambio, que se adquieren, venden o se liquidan sin mayor reparo.

Volviendo al tema del miedo, es fácil vislumbrar que el reciente escándalo sobre la información, Snowden y los derechos humanos, ha destapado una serie de acciones, reacciones y sensaciones, tal vez debamos preguntarnos quiénes son los que tienen miedo, y si el temor es infundado o dirigido a las personas correctas ¿A qué o a quiénes deberíamos tenerle más miedo?

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