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El azúcar escondida: ¿cuánto consumimos sin darnos cuenta?

Esta mirada de prevención también forma parte de la filosofía de cuidado que Unifranz busca incorporar en la formación profesional de sus estudiantes del área de salud. 

El azúcar no siempre llega a la mesa en forma de cucharaditas. También puede estar en un yogur con frutas, un cereal para el desayuno, una salsa o una bebida que parece saludable. El problema es que, cuando aparece bajo distintos nombres y en productos que no identificamos como azucarados, resulta más difícil saber cuánto estamos consumiendo.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda reducir los azúcares libres a menos del 10% de la ingesta calórica diaria y señala que disminuirlos hasta el 5% puede aportar beneficios adicionales. Para una persona con una dieta de 2.000 calorías, el 10% equivale aproximadamente a 50 gramos diarios.

En América Latina, el problema adquiere otra dimensión. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) identifica a las bebidas azucaradas como uno de los principales factores asociados al aumento del sobrepeso, la obesidad y enfermedades no transmisibles como la diabetes tipo 2 y las enfermedades cardiovasculares.

El azúcar que no aparece como “azúcar”

Una de las dificultades para controlar el consumo está en las etiquetas. El ingrediente puede aparecer como sacarosa, fructosa, dextrosa, maltosa, jarabe de glucosa o jarabe de maíz. Para el consumidor, reconocer estas denominaciones no siempre es sencillo.

“Es importante que las personas aprendan a identificar los diferentes nombres del azúcar en las etiquetas. Términos como dextrosa, fructosa o jarabe de glucosa no son familiares para la mayoría de los consumidores, pero representan formas de azúcar añadida que pueden elevar significativamente su consumo diario”, explica Magaly Bishop, dietista, especialista en nutrición clínica y docente de Medicina de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz).

El problema aparece especialmente en productos asociados con una alimentación saludable. Según Bishop, los yogures con frutas pueden aportar entre 12 y 18 gramos de azúcar por porción, mientras que los cereales para el desayuno rondan los 15 gramos en apenas 30 gramos de producto. Una lata de refresco puede contener hasta 35 gramos.

“Muchas personas creen que los yogures con frutas o los cereales integrales son opciones ideales, pero suelen estar cargados de azúcares añadidos para mejorar su sabor. Este tipo de engaños contribuye al exceso de azúcar en la dieta diaria de manera silenciosa”, advierte la especialista.

No significa que todos estos alimentos deban desaparecer de la dieta. El desafío está en conocer su composición, comparar alternativas y observar las cantidades que se consumen.

Un problema que se acumula

El consumo excesivo de azúcar está relacionado con diferentes problemas de salud. La OMS vincula una ingesta elevada de azúcares libres con un mayor riesgo de aumento de peso y caries dental, mientras que la OPS señala la relación de las bebidas azucaradas con obesidad, diabetes tipo 2 y enfermedades cardiovasculares.

Bishop explica que los efectos no necesariamente aparecen de inmediato:

“El azúcar tiene un impacto multifacético en la salud. Por un lado, contribuye al aumento de peso, pero también está vinculado a la resistencia a la insulina, que puede desencadenar diabetes tipo 2”.

La cantidad también importa. Una persona puede no consumir grandes cantidades de dulces, pero sumar azúcar a lo largo del día mediante bebidas, desayunos, salsas, aderezos y productos procesados.

“Adoptar hábitos de alimentación conscientes no significa eliminar por completo el azúcar de la dieta, sino aprender a moderarlo. Cocinar en casa, optar por frutas frescas en lugar de jugos azucarados y revisar siempre las etiquetas son pasos pequeños pero significativos para mejorar nuestra salud”, señala Bishop.

Prevenir antes que tratar

Esta mirada de prevención también forma parte de la filosofía de cuidado que Unifranz busca incorporar en la formación profesional de sus estudiantes del área de salud. La alimentación, la identificación de factores de riesgo y la educación sanitaria son entendidas como herramientas que pueden contribuir a evitar que problemas prevenibles terminen convirtiéndose en enfermedades.

La docente de Medicina Marie Paulette Étienne Morales resume esa perspectiva: “No se trata de eliminar completamente el azúcar de la dieta, sino de aprender a moderarlo y a tomar decisiones más informadas”. Entre las medidas que recomienda menciona cocinar en casa, preferir frutas frescas y revisar las etiquetas.

La prevención también requiere información comprensible. “La industria alimentaria tiene un papel fundamental en esta lucha. Es necesario que haya más regulaciones que limiten el uso de azúcares añadidos en los productos procesados y que las etiquetas sean más claras y directas”, plantea Bishop.

En este escenario, el desafío no es declarar una guerra contra el azúcar, sino aprender a reconocerla, cuantificarla y moderarla. La calidad académica en la formación de los profesionales de salud también implica prepararlos para educar a la población y promover decisiones preventivas.

Porque el azúcar más difícil de controlar no siempre es el que añadimos conscientemente al café. Muchas veces es el que ya estaba allí, escondido en aquello que compramos pensando que era una opción saludable.

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